miércoles, 9 de mayo de 2012

Capitulo 2 Flesh

Cuando me desperté por la mañana, el sol entraba a raudales por las ventanas y se derramaba sobre el suelo de pino de mi habitación. Las motas de polvo bailaban frenéticamente en las franjas de luz. Me llegaba el olor a salitre; reconocía los chillidos de las gaviotas y el rumor de las olas rompiendo contra las rocas.
Contemplaba los objetos de la habitación, que había acabado haciendo míos y ya me resultaban familiares. Quien se hubiera encargado de decorarla lo había hecho con una idea bastante definida de su futura ocupante. Había cierto encanto adolescente en los muebles blancos, en la cama de hierro con dosel y en el papel de la pared, con su estampado de capullos de rosa. El tocador, también blanco, tenía dibujos florales en los cajones. Había una mecedora de mimbre en un rincón y, junto a la cama, pegado a la pared, un delicado escritorio de patas torneadas.
Me estiré y sentí el tacto de las sábanas arrugadas contra mi piel; su textura era todavía una novedad para mí. En el lugar de donde veníamos no había objetos ni texturas. No necesitábamos nada físico para vivir y, por lo tanto, no había nada.
El Cielo no era fácil de describir. Algunos humanos podían tener a veces un atisbo, surgido de los rincones más recónditos de su inconsciente, pero era muy difícil definirlo. Había que imaginarse una extensión blanca, una ciudad invisible sin nada material que pudiera captarse con los ojos, pero que aun así constituyera la visión más hermosa que se pudiera concebir.

Un cielo como de oro líquido y cuarzo rosa, con una sensación permanente de ingravidez y ligereza: aparentemente vacío, pero más majestuoso que el palacio más espléndido de la tierra. No se me ocurría nada mejor para intentar describir algo tan inefable como mi anterior hogar. El lenguaje humano, la verdad, no me tenía muy impresionada; me parecía absurdamente limitado. Había demasiadas cosas que no podían decirse con palabras. Y ése era uno de los aspectos más tristes de la vida de la gente: que sus ideas y sentimientos más importantes no llegaban a expresarse ni a entenderse casi. Una de las palabras más frustrantes del lenguaje humano, al menos por lo que yo sabía, era «amor». Tantos significados distintos vinculados a esa palabra diminuta.
La gente la manejaba alegremente tanto para referirse a sus posesiones y a sus mascotas como a sus lugares de vacaciones o su comida favorita. Y acto seguido aplicaban la misma palabra a la persona que consideraban más importante de sus vidas. ¿No resultaba insultante? ¿No debería existir otro término para definir una emoción más profunda? Los humanos estaban obsesionados con el amor: desesperados por establecer un vínculo con una persona a la que pudieran referirse como su «media naranja». Por la literatura que yo había leído, daba la impresión de que estar enamorado significaba convertirse prácticamente en el mundo entero para la persona amada.
El resto del universo palidecía y se volvía insignificante en comparación. Cuando los amantes se hallaban separados, caían en un estado de honda melancolía y, al volver a reunirse, sus corazones empezaban a palpitar de nuevo. Sólo cuando estaban juntos podían apreciar de verdad los colores del mundo.
De lo contrario, todo se desteñía y se volvía borroso y gris. Permanecí en la cama preguntándome por la intensidad de aquella emoción tan irracional y tan indiscutiblemente humana. ¿Y si el rostro de una persona se volvía tan sagrado para ti que quedaba grabado de modo indeleble en tu memoria? ¿Y si su olor y su tacto te llegaban a resultar más preciosos que tu propia vida? Desde luego, yo no sabía nada del amor humano, pero la idea misma me había resultado siempre intrigante. Los seres celestiales fingían entender la intensidad de las relaciones humanas; pero a mí me parecía asombroso que los humanos permitieran que otra persona se adueñara de sus mentes y de sus corazones. No dejaba de resultar irónico que el amor pudiera avivar en ellos la percepción de las maravillas del universo, cuando al mismo tiempo restringía toda su atención a la persona amada.
Los ruidos de mis hermanos trajinando abajo, en la cocina, interrumpieron mi ensueño y me arrancaron de la cama.
¿Qué sentido tenían mis divagaciones, a fin de cuentas, cuando el amor humano les estaba vedado a los ángeles?
Me envolví en un suéter de cachemir para abrigarme y bajé descalza las escaleras. En la cocina me recibió un aroma tentador a tostadas y café.
Me complacía descubrir que me estaba adaptando a la vida humana: sólo unas semanas atrás esos olores me habrían dado dolor de cabeza e incluso náuseas. Pero ahora había empezado a disfrutar la experiencia.
Flexioné los dedos de los pies, recreándome en el suave tacto del suelo de madera. Ni siquiera me importó demasiado tropezarme-medio dormida como estaba-con la esquina de la nevera y darme un golpe en el dedo gordo. La punzada de dolor sólo sirvió para recordarme que era real y que podía sentir.
-Buenas tardes, Bethany -dijo mi hermano en plan de guasa, tendiéndome una taza de té humeante. La sostuve una fracción de segundo más de la cuenta antes de dejarla y me quemé los dedos. Gabriel notó cómo me estremecía y frunció el ceño. Eso me recordó que, a diferencia de mis dos hermanos, yo no era inmune al dolor. Mi forma física era tan endeble como cualquier otro cuerpo humano, aunque yo era capaz de curarme las heridas menores, como cortes y fracturas. Ésa había sido una de las cosas que habían preocupado a Gabriel en primer lugar cuando fui escogida. Sabía que él me consideraba vulnerable y que pensaba que toda la misión podía resultar demasiado peligrosa para mí. Yo había sido elegido porque estaba más en sintonía con la condición humana que otros ángeles, velaba por los seres humanos, simpatizaba con ellos, y trataba de entenderlos.

Tal vez era porque yo era joven, habia sido creada hace tan solo diecisiete anos mortales, lo que equivale a la infancia en anos celestiales. Gabriel e Ivy han existido desde hace siglos, han librado batallas y han sido testigo de las atrocidades humanas mas alla de mi imaginacion. Han tenido mucho el tiempo para adquirir fuerza y poder para protegerse en la tierra. Ambos han visitado la Tierra en una serie de misiones para las que habian tenido tiempo de adaptarse a ello y eran conscientes de sus peligros y trampas. Pero yo era un angel de lo mas pura, de la forma mas vulnerable. Era ingenua y confiada, joven y fragil. Y podia sentir el dolor, porque anos de sabiduria y experiencia no me protegian de ello. Era por esta razon por la que deseaba que Gabriel ojala no hubiera sido elegido, y era por esta razon que yo tenia que serlo.
Pero la decision final no habia sido el, sino que correspondia a otra persona, incluso alguien tan supremo como Gabriel no se atrevio a discutir. Tuvo que resignarse al hecho de que debe haber alguna razon divina detras de mi seleccion, que incluso iba mas alla de su comprension.
Bebi provisionalmente mi te y sonrei a mi hermano. Su expresion se despejo, y el recogio una caja de cereales y escrutaba su etiqueta.
-.Que quieres, una tostada o algo que se llama Copos de Trigo con Miel?
-No, los copos-dije, arrugando mi nariz en el cereal.
Ivy se sento a la mesa y unto con mantequilla un pedazo de tostada ociosamente.
Mi hermana aun estaba tratando de desarrollar su gusto por la comida, y yo miraba su tostada cortada en cuadritos, mezclo los pedazos alrededor de su plato y los volvio a poner juntos como un rompecabezas. Fui a sentarme junto a ella, aspirando el aroma embriagador de fresias2 que siempre parecia invadir el aire a su alrededor.
-Estas un poco palida \observo con su calma habitual, alzando un mechon de pelo rubio platino que habia caido sobre sus ojos grises de lluvia. Ivy habia autoproclamado convirtiendose en la mama-gallina de nuestra pequena familia.
-No es nada,-conteste casualmente y vacile antes de anadir, \solo un mal sueno. Los vi a ambos tensarse ligeramente e intercambiarse las miradas.
-Yo no llamaria a eso nada-, Ivy dijo.
-Ya sabes que nosotros no estamos destinados a sonar.
Gabriel regreso de su posicion en la ventana para estudiar mi rostro mas de cerca. Levanto la barbilla con la punta de su dedo. Me di cuenta de su ceno habia regresado, sombreando la grave belleza de su cara.
De inmediato vi que los dos se ponian en guardia y cruzaban una mirada inquieta.
.Vete con cuidado, Bethany .me dijo con aquel tono de hermano mayor al que ya me habia acostumbrado.. Procura no apegarte demasiado a las experiencias fisicas. Por excitantes que parezcan, recuerda que nosotros solo estamos de visita. Todo esto es transitorio y tarde o temprano habremos de regresarc .Al ver mi expresion desolada se detuvo en seco. Luego prosiguio con un tono mas ligero.: Bueno, todavia queda un monton de tiempo antes de que eso suceda, asi que podemos hablar de ello mas adelante.
Era raro visitar la Tierra con Ivy y Gabriel. Los dos llamaban mucho la atencion alli donde iban. Por su aspecto fisico, Gabriel parecia una estatua clasica que hubiera cobrado vida. Tenia un cuerpo perfectamente proporcionado, y daba la impresion de que cada uno de sus músculos hubiera sido esculpido en un mármol purísimo. Su pelo, largo hasta los hombros, era de color arena y lo llevaba recogido con frecuencia en una cola de caballo. Tenía la frente enérgica y la nariz completamente recta. Hoy llevaba unos tejanos azules desteñidos, rajados en las rodillas, y una camisa de lino arrugada, prendas que le conferían un desaliñado atractivo. Gabriel era un arcángel y miembro de los Sagrados Siete. Aunque los arcángeles sólo ocupaban el segundo lugar en la divina jerarquía, eran muy selectos y tenían más relación que nadie con los seres humanos. De hecho, habían sido creados para servir de puente entre el Señor y los mortales. Pero Gabriel, en el fondo, era sobre todo un guerrero (su nombre celestial significa «Héroe de Dios») y había sido él quien había visto arder Sodoma y Gomorra.

Ivy, por su parte, era una de las más sabias y antiguas de nuestra estirpe, aunque no aparentase más de veinte años. Era un serafín, la orden angélica más cercana al Señor. En el Reino, los serafines tenían seis alas que venían a indicar los seis días de la creación. Ivy llevaba tatuada en la muñeca una serpiente dorada, signo de su alto rango. Decían que los serafines intervenían en la batalla para arrojar fuego sobre la Tierra, pero la verdad es que era una de las criaturas más gentiles que he conocido. En su envoltura física, Ivy se parecía a una Madonna del Renacimiento con aquel cuello de cisne y aquella cara ovalada y pálida. Igual que Gabriel, tenía unos ojos grises y penetrantes. Esa mañana llevaba un vestido blanco y vaporoso y unas sandalias doradas.
En cuanto a mí, yo no tenía nada de especial; era sólo un ángel vulgar y corriente, uno del montón, situado en el escalón más bajo de la jerarquía. A mí no me importaba. Eso implicaba que podía relacionarme con los espíritus humanos que ingresaban en el Reino. Físicamente tenía, como toda mi familia, un aspecto etéreo, salvo por mis ojos, de un castaño intenso, y por la melena marrón chocolate que me caía en suaves ondas por la espalda. Yo había creído que, una vez que te habían asignado un destino terrenal, podías escoger tu propia apariencia física, pero la cosa no iba así. Había sido creada más bien menuda y con rasgos delicados, no demasiado alta, con la cara en forma de corazón, orejas de duendecillo y una piel pálida como la leche. Cada vez que me veía reflejada en un espejo, percibía un entusiasmo que no encontraba en los rostros de mis hermanos. Aunque lo intentara, no lograba adoptar la pose distante de Gabe e Ivy. Ellos raramente perdían la compostura o la seriedad, por dramático que fuese lo que sucediera a su alrededor. A mí, en cambio, aunque me esforzara en darme aires de suficiencia, siempre se me veía una expresión de curiosidad insaciable.

Ivy se levantó y se acercó al fregadero con su plato. Más que caminar, parecía bailar cuando se movía. Tanto ella como Gabriel poseían una gracia natural que yo era incapaz de imitar.
Más de una vez me habían acusado de ser una torpe y de andar dando tumbos por la casa.
Después de tirar la tostada que se había limitado a mordisquear, se repantigó en el asiento de la ventana con el periódico desplegado.
-¿Qué noticias hay? -pregunté.
Por respuesta me mostró la primera página. Ojeé los titulares -bombardeos, desastres naturales, crisis económica-y me di por vencida en el acto.
-No es de extrañar que la gente no se sienta segura aquí -dijo Ivy con un suspiro-. Es imposible, si no se fían unos de otros.
-Siendo así, ¿qué podemos hacer por ellos? -pregunté, vacilante.
-Será mejor no hacerse demasiadas ilusiones por ahora -contestó Gabriel-. Los cambios llevan su tiempo, según dicen.
-Además, no nos corresponde a nosotros salvar al mundo -añadió Ivy-. Nosotros hemos de concentrarnos en nuestra pequeña parcela.
-¿Te refieres a este pueblo?
-Claro -asintió-. Este pueblo estaba entre los objetivos de las Fuerzas Oscuras. Es extraño, ¿no?, quiero decir, los sitios que eligen.
-Me imagino que empiezan por abajo para ir cada vez a más -comentó Gabriel con una mueca de repugnancia-. Si pueden conquistar un pueblo, podrán conquistar una ciudad, luego un estado y finalmente un país entero.

-¿Cómo podemos saber los daños que ya han provocado? -pregunté.
-Eso se aclarará a su debido tiempo -dijo Gabriel.
Pero con la ayuda del Cielo, nosotros pondremos fin a su obra de destrucción. No fallaremos en nuestra misión y, cuando nos vayamos, este sitio volverá a estar en manos del Señor.
—Entre tanto, intentemos adaptarnos y mezclarnos con la gente —dijo Ivy, quizás haciendo un esfuerzo para aligerar el tono de la conversación. Poco me faltó para soltar una carcajada. Me dieron ganas de decirle que se mirase al espejo. Ivy podría tener siglos a sus espaldas, pero a veces parecía muy ingenua. Incluso yo sabía que «mezclarse» iba a resultar muy difícil.

Saltaba a la vista que éramos diferentes, y no como pueda serlo un estudiante de Bellas Artes que lleve el pelo teñido y medias estrafalarias. No, nosotros éramos diferentes de verdad: diferentes como de otro mundo. Cosa nada sorprendente teniendo en cuenta quiénes éramos… o mejor, qué éramos. Había muchas cosas que nos volvían llamativos. De entrada, los humanos tenían defectos y nosotros no. Si nos veías entre una multitud, lo primero que te llamaba la atención era nuestra piel, tan translúcida que habrías llegado a creer que contenía partículas de luz, lo cual se hacía aún más evidente al oscurecer, cuando toda la piel que quedaba a la vista emitía un resplandor, como si tuviera una fuente interior de energía. Nosotros, además, no dejábamos huellas, ni siquiera cuando caminábamos por una superficie muy blanda como la hierba o la arena. Y nunca nos pillarías con una camiseta demasiado escotada por detrás: siempre las usábamos cerradas para disimular un pequeño problema cosmético.
A medida que nos introducíamos en la vida del pueblo, la gente no dejaba de preguntarse qué hacíamos en un rincón tan apartado como Venus Cove. Unas veces nos tomaban por turistas que habían decidido prolongar su estancia; otras, nos confundían con personajes famosos y nos preguntaban por programas de televisión de los que ni siquiera habíamos oído hablar. Nadie adivinaba que estábamos trabajando; que habíamos sido reclutados para socorrer a un mundo que se encontraba al borde de la destrucción. Sólo hacía falta abrir un periódico o poner la televisión para entender por qué habíamos sido enviados: asesinatos, secuestros, ataques terroristas, guerras, atracos a los ancianos… La lista era espantosa e interminable. Había tantas almas en peligro que los Agentes de la Oscuridad habían aprovechado la ocasión para agruparse.
Gabriel, Ivy y yo estábamos allí para contrarrestar su influencia. Habían enviado a otros Agentes de la Luz a distintos lugares de todo el planeta y, al final, nos reunirían a todos para evaluar lo que habíamos descubierto. Yo sabía que la situación era alarmante, pero estaba convencida de que no fallaríamos. De hecho, creía que nos resultaría fácil: nuestra sola presencia constituiría una solución divina. Eso pensaba. Estaba a punto de descubrir que me equivocaba de medio a medio. Era una suerte que nos hubieran destinado a Venus Cove, un lugar impresionante y lleno de llamativos contrastes. Había zonas de la costa muy escarpadas que el viento azotaba sin cesar. Desde nuestra casa veíamos los imponentes acantilados que se asomaban al océano oscuro y revuelto, y oíamos aullar al viento entre los árboles. Pero si te desplazabas un poco tierra adentro había pasajes bucólicos, y colinas onduladas llenas de vacas pastando, y molinos preciosos.
La mayoría de las casas de Venus Cove eran modestas viviendas de madera, pero más cerca de la costa había una serie de calles arboladas con edificios más grandes y espectaculares. Nuestra propia casa, «Byron», era una de ellas. A Gabriel no le entusiasmaba demasiado, que digamos: el clérigo que había en él la encontraba excesiva. Sin duda se habría sentido más cómodo en una vivienda menos lujosa. A Ivy y a mí, en cambio, nos encantaba. Y si los poderes superiores no creían que nos fuese a hacer ningún daño disfrutar nuestra estancia en la Tierra, ¿quiénes éramos nosotros para pensar lo contrario? Yo me temía que aquella casa no iba a ayudarnos a conseguir nuestro objetivo de mezclarnos con la gente, pero mantuve la boca cerrada. No quería quejarme ni poner objeciones porque ya me sentía de por sí como una carga para la buena marcha de la misión.
Venus Cove tenía una población de unos tres mil habitantes, aunque la cifra se doblaba durante el verano, cuando todo el pueblo se transformaba en un abarrotado centro de vacaciones. La gente, en cualquier época del año, era abierta y simpática. Me gustaba la atmósfera que reinaba allí. No había tipos trajeados trotando hacia sus oficinas de altos vuelos. Allí nadie tenía prisa. A la gente le daba igual cenar en el restaurante más selecto del pueblo o en un bar de la playa. Eran demasiado tranquilos para preocuparse por esas cosas.
—¿Tú estás de acuerdo, Bethany? —El sonoro timbre de voz de Gabriel me devolvió a la realidad. Traté de retomar el hilo de la conversación, pero me había quedado en blanco.
—Perdona —dije—. Estaba a miles de kilómetros. ¿Qué decías?

—Sólo estaba fijando algunas normas básicas. Todo va a ser distinto a partir de ahora.
Se le veía otra vez ceñudo y algo irritado por mi falta de atención. Esa misma mañana empezábamos los dos en el colegio Bryce Hamilton: yo como alumna y Gabriel como el nuevo profesor de música. Un colegio podía resultar un lugar útil para empezar a contrarrestar a los emisarios de la oscuridad, ya que estaba lleno de gente joven cuyos valores se encontraban en plena evolución. Como Ivy era un ser demasiado sobrenatural para ingresar entre una manada de alumnos de secundaria, se había decidido que ella actuaría como consejera nuestra y que se ocuparía de nuestra seguridad, o mejor dicho, de la mía, porque Gabriel sabía cuidarse de sí mismo
—Lo importante es que no perdamos de vista para qué estamos aquí —dijo Ivy—. Nuestra misión es bien clara: realizar buenas obras y actos de caridad, tener gestos bondadosos y predicar con el ejemplo. No nos convienen los milagros por ahora, al menos mientras no podamos prever cómo serán acogidos. Al mismo tiempo, nos interesa observar y descubrir todo lo que podamos sobre la gente. La cultura humana es muy compleja, no hay nada parecido en todo el universo.
Me daba la sensación de que aquellas normas iban dirigidas sobre todo a mí. Gabriel nunca tenía problemas para arreglárselas en cualquier situación.
—Esto va a ser divertido —dije, quizá con más entusiasmo de la cuenta.
—No se trata de divertirse —me soltó Gabriel—. ¿Es que no has oído lo que acabamos de decir?
—Lo que pretendemos básicamente es alejar las influencias maléficas y restablecer la confianza entre las personas —dijo Ivy en tono conciliador—. No te preocupes por ella, Gabe. Lo va a hacer muy bien.
—Resumiendo, estamos aquí para impartir nuestra bendición entre la comunidad —prosiguió mi hermano—. Pero no debemos llamar demasiado la atención. Nuestra prioridad es que no sea detectada nuestra presencia. Procura, por favor, Bethany, no decir nada que pueda… inquietar a los alumnos - Ahora me tocaba a mí ofenderme.

—¿Como qué? —dije—. Vamos, cualquiera diría que doy miedo.
—Ya sabes a qué se refiere —intervino Ivy—. Lo único que sugiere es que pienses bien lo que dices antes de hablar. Nada de comentarios personales sobre nuestro hogar, nada de «Dios piensa» o «Dios me ha dicho»… Podrían pensar que andas tramando algo.
—Vale —dije, malhumorada—. Espero que al menos se me permita revolotear por los pasillos a la hora del almuerzo.
Gabriel me lanzó una mirada severa. Yo tenía la esperanza de que captara el chiste, pero su expresión se mantuvo inalterable. Suspiré. Lo quería mucho, pero no podía negarse que no tenía ningún sentido del humor.
—No te preocupes. Me portaré bien, te lo prometo. —El autocontrol es de máxima importancia —dijo Ivy.
Volví a suspirar. Sabía muy bien que yo era la única que debía aprender a controlarse. Ivy y Gabriel tenían experiencia de sobra y para ellos se había convertido casi en su segunda naturaleza. Se sabían las normas al derecho y al revés. Además, ambos tenían una personalidad más estable que la mía. Podrían haberse llamado perfectamente el Rey y la Reina de Hielo. Nada los perturbaba, nada los inquietaba. Y lo más importante: nada parecía disgustarlos. Eran como dos actores bien entrenados y el texto les salía en apariencia sin ningún esfuerzo. Para mí era distinto; yo había tenido que esforzarme desde el primer momento. Volverme humana me había resultado profundamente desconcertante por algún motivo. No estaba preparada para aquella intensidad; era como pasar de un vacío dichoso a una montaña rusa de sensaciones acumuladas todas de golpe. A veces se me entrecruzaban unas con otras y el resultado era una confusión total. Sabía que debía distanciarme de todos los elementos emocionales, pero aún no había descubierto cómo hacerlo. Me maravillaba la facilidad de los humanos normales y corrientes para convivir con aquel torbellino de emociones que bullían sin parar bajo la superficie: era agotador. Yo procuraba ocultarle esas dificultades a Gabriel; no quería confirmar sus temores ni que tuviera peor concepto de mí a causa de mis apuros. Si mis hermanos sentían en algún momento algo parecido, lo disimulaban muy bien.
Ivy fue a preparar mi uniforme y a buscar una camisa y unos pantalones limpios para Gabe. Como miembro del personal docente, él tenía que ir con camisa y corbata, y la verdad es que la idea no le hacía mucha gracia. Normalmente llevaba tejanos y suéteres holgados. Cualquier prenda demasiado ajustada nos resultaba agobiante. En general, la ropa nos producía la extraña impresión de estar atrapados, así que compadecí a Gabriel cuando lo vi bajar retorciéndose de pura incomodidad bajo aquella impecable camisa blanca que aprisionaba su torso y dando tirones a la corbata hasta que logró aflojar el nudo.
La ropa no era la única diferencia; también habíamos tenido que aprender a practicar los rituales de higiene y cuidado personal, como ducharnos, cepillarnos los dientes y peinarnos.
En el Reino, donde la existencia no requería tareas de mantenimiento, no teníamos que pensar en nada parecido. Vivir como ente físico te obligaba a recordar muchas más cosas.
—¿Estás segura de que hay una indumentaria establecida para los profesores? —preguntó Gabriel.
—Me temo que sí —contestó Ivy—, pero aun suponiendo que me equivoque, ¿de veras quieres correr el riesgo el primer día?
—¿Qué tenía de malo lo que llevaba puesto? —gruñó él, enrollándose las mangas para tener los brazos libres—. Al menos era más cómodo.
Ivy chasqueó la lengua y se volvió para comprobar que me había puesto correctamente el uniforme. Tenía que reconocer que era bastante elegante para lo que solían ser los uniformes. El vestido era de un azul pálido muy favorecedor, con la parte delantera plisada y cuello blanco estilo Peter Pan. Había que llevar también calcetines de algodón hasta las rodillas, zapatos marrones con hebilla y una chaqueta azul marino con el escudo del colegio bordado en el bolsillo delantero con hilo dorado. Ivy me había comprado unas cintas blancas y azul pálido que ahora entretejió hábilmente con mis trenzas.

—Ya está —dijo, con una sonrisa satisfecha—. De embajadora celestial a colegiala del pueblo.
Habría preferido que no utilizara la palabra «embajadora»: me ponía nerviosa. Tenía mucho peso, suscitaba demasiadas expectativas, pero no la clase de expectativas corrientes que los humanos solían albergar, en el sentido de que sus hijos ordenaran su habitación, cuidaran de sus hermanos e hicieran los deberes. Aquéllas debían cumplirse. De lo contrario… bueno, no sabía lo que pasaría en ese caso. Ahora sentía que las piernas me flaqueaban y que se me iban a doblar en cualquier momento.
—No estoy segura, Gabe —dije, aun siendo consciente de lo voluble que sonaba—. ¿Y si no estoy preparada?
—La decisión no está en nuestras manos —respondió Gabriel sin perder la compostura—. Nosotros tenemos un único propósito: cumplir nuestros deberes con el Creador.
—Y yo quiero hacerlo, pero es que… es una escuela de secundaria. Una cosa es observar la vida a distancia; pero nosotros vamos a zambullirnos en el meollo mismo.
—Ésa es la cuestión —dijo Gabriel—. No se puede esperar que ejerzamos ninguna influencia a distancia.
—¿Y si algo sale mal?
—Yo me encargaré de arreglarlo.
—La Tierra parece un lugar peligroso para los ángeles.
—Por eso estoy aquí.
Los peligros que imaginaba no eran meramente físicos. Para esa clase de problemas teníamos recursos y sabíamos cómo manejarlos. Lo que a mí me inquietaba era la seducción de las cosas humanas. Dudaba de mí misma e intuía que eso podía hacerme perder de vista mis propósitos más elevados. Al fin y al cabo, había sucedido otras veces con consecuencias nefastas… Todos habíamos oído espantosas leyendas sobre ángeles caídos que habían sido seducidos por los placeres humanos, y sabíamos muy bien cómo habían acabado. Ivy y Gabriel observaban el mundo que los rodeaba con una mirada experta y consciente de los escollos, pero para una novata como yo el peligro era enorme.

domingo, 29 de abril de 2012

Capitulo 1 Descenso


Nuestra llegada no salió del todo según lo planeado. Recuerdo que aterrizamos casi al alba, porque las farolas todavía estaban encendidas. Teníamos la esperanza de que nuestro descenso pasara inadvertido y así fue en gran parte, con una sola excepción: un chico de trece años que hacía su ronda de reparto justo en aquel momento.
Circulaba en su bicicleta con los periódicos enrollados como bastones en su envoltorio de plástico. Había niebla y el chico llevaba una chaqueta con capucha. Parecía jugar consigo mismo un juego mental consistente en calcular el punto exacto a donde iría a parar cada lanzamiento. Los periódicos aterrizaban en las terrazas y los senderos de acceso con un golpe sordo y el chico esbozaba una sonrisa engreída cada vez que acertaba. Los ladridos de un terrier desde detrás de una cerca hicieron que levantara la vista y advirtiera nuestra llegada.
Miró hacia arriba justo a tiempo para ver una columna de luz blanca que se retiraba ya entre las nubes, dejando en mitad de la calle a tres forasteros con aire de espectros. Pese a nuestra apariencia humana, algo vio en nosotros que le sobresaltó: tal vez porque nuestra piel era luminosa como la luna o porque nuestras holgadas prendas estaban desgarradas por el turbulento descenso. O tal vez fue nuestro modo de mirarnos los miembros, como si no supiéramos qué hacer con ellos, o el vapor que nos humedecía el pelo. Fuera cual 
fuese la razón, el chico perdió el equilibrio, se desvió de golpe y cayó con su bicicleta en la zanja de la cuneta.
Se incorporó trabajosamente y permaneció paralizado unos segundos, como vacilando entre la alarma y la curiosidad. Extendimos las manos hacia él los tres a la vez, creyendo que sería un gesto tranquilizador, pero se nos olvidó sonreír. Cuando recordamos cómo se hacía, ya era demasiado tarde. Mientras hacíamos contorsiones con la boca intentando sonreír como es debido, el chico giró sobre sus talones y salió corriendo. Tener un cuerpo físico nos resultaba extraño aún: había demasiadas partes que controlar al mismo tiempo, como en una máquina muy compleja. Yo me notaba rígidos los músculos de la cara y de todo el cuerpo; las piernas me temblaban como a un bebé dando sus primeros pasos, y los ojos no se me habían acostumbrado a la amortiguada luz terrenal. Viniendo como veníamos de un lugar deslumbrante, las sombras nos resultaban desconocidas.
Gabriel se aproximó a la bicicleta, cuya rueda delantera seguía girando, la enderezó y la dejó apoyada en una valla, convencido de que el chico volvería a recogerla luego.
Me lo imaginé entrando bruscamente por la puerta de su casa y relatándoles la historia a trompicones a sus padres atónitos. Su madre le despejaría el pelo de la frente y comprobaría si tenía fiebre. Su padre, aún con legañas, haría un comentario sobre la capacidad para confundirte que tiene la mente ociosa.
Encontramos la calle Byron y recorrimos su acera, irregular y desnivelada, buscando el número quince. Nuestros sentidos se veían asaltados desde todas direcciones. Los colores del mundo nos resultaban vívidos y muy variados. Habíamos pasado directamente de un mundo de pura blancura a una calle que parecía la paleta de un pintor. Aparte del colorido, todo tenía su propia forma y textura. Sentí el viento en los dedos y me pareció tan vivo que me pregunté si podría alargar la mano y atraparlo; abrí la boca y saboreé el aire fresco y limpio. Noté un olor a gasolina y a tostadas chamuscadas, combinado con el aroma de los pinos y la intensa fragancia del océano. Lo peor de todo era el ruido: el viento parecía aullar y el fragor de las olas estrellándose contra las rocas me resonaba en la cabeza como una estampida. Oía todo lo que ocurría en la calle: un motor arrancando, el golpeteo de una puerta mosquitera, el llanto de un niño y un viejo columpio chirriando al viento.
—Ya aprenderás a borrártelo de la mente —dijo Gabriel, casi sobresaltándome con su voz. En casa nosotros nos comunicábamos sin lenguaje. La voz humana de Gabriel, según acababa de descubrir, era grave y suave al mismo tiempo.
—¿Cuánto tiempo hará falta? —percibí con una mueca el estridente chillido de una gaviota. Mi propia voz era tan melódica como el sonido de una flauta.
—No mucho —respondió Gabriel—. Es más fácil si no te empeñas en combatirlo.
La calle Byron se iba empinando y alcanzaba su punto más alto hacia la mitad de su trazado. Y justo allá arriba se alzaba nuestro nuevo hogar. Ivy se quedó encantada en cuanto lo vio.
—¡Mirad! —gritó—. Hasta tiene nombre.
La casa había sido bautizada igual que la calle y las letras de BYRON aparecían con elegante caligrafía en una placa de cobre. Más tarde descubriríamos que todas las calles colindantes llevaban nombres de poetas románticos ingleses: Keats Grove, calle Coleridge, avenida Blake… Byron iba a ser nuestro hogar y nuestro santuario durante nuestra existencia terrestre. Era una casa de piedra arenisca cubierta de hiedra que quedaba bastante apartada de la calle, tras una verja de hierro forjado y un portón de doble hoja. Tenía una hermosa fachada simétrica de estilo georgiano y un sendero de grava que iba hasta la puerta principal, cuya pintura se veía desconchada. El patio estaba dominado por un olmo majestuoso, y alrededor crecía una enmarañada masa de hiedra. Junto a la verja había una auténtica profusión de hortensias y sus corolas de color pastel temblaban bajo la escarcha de la mañana. Me gustó aquella casa: parecía construida para resistir todas las adversidades.
—Bethany, pásame la llave —dijo Gabriel.
Guardar la llave había sido la única misión que me habían encomendado. Tanteé los hondos bolsillos de mi vestido.
—Tiene que estar por aquí —aseguré.
—No me digas que ya la has perdido, por favor.
—Hemos caído del cielo, ¿sabes? —le dije, indignada—. Es muy fácil que se te pierdan las cosas. 
Ivy se echó a reír de repente.
—Las llevas colgadas del cuello.
Di un suspiro de alivio mientras me quitaba la cadenita y se la tendía a Gabriel. Cuando entramos en el vestíbulo vimos que la casa había sido preparada concienzudamente para nuestra llegada. Los Agentes Divinos que nos habían precedido habían cuidado de todos los detalles sin reparar en gastos.
Allí todo resultaba luminoso. Los techos eran altos, las habitaciones espaciosas. Junto al pasillo central había una sala de música a mano izquierda y un salón a la derecha. Más al fondo, un estudio daba a un patio pavimentado. La parte trasera era un anexo modernizado del edificio original y contenía una amplia cocina de mármol y acero inoxidable que daba paso a un enorme cuarto de estar con alfombras persas y mullidos sofás. Unas puertas plegables se abrían a una gran terraza de madera roja. Arriba estaban los dormitorios y el baño principal, con lavabos de mármol y bañera hundida. Mientras nos movíamos por la casa, el suelo de madera crujía como dándonos la bienvenida. Empezó a caer una lluvia ligera y las gotas en el tejado de pizarra sonaban como los dedos de una mano delicada tocando una melodía al piano.
Esas primeras semanas las dedicamos a hibernar y a orientarnos un poco. Evaluamos la situación, aguardamos con paciencia mientras nos adaptábamos a aquella forma corporal y nos fuimos sumergiendo en los rituales de la vida diaria. Había mucho que aprender y, desde luego, no era nada fácil. Al principio, dábamos un paso y nos sorprendía encontrar suelo firme bajo nuestros pies. Ya sabíamos que en la Tierra todo estaba hecho de materia entrelazada con un código molecular que producía las distintas sustancias —el aire, la piedra, la madera, los animales—, pero una cosa era saberlo y otra experimentarlo por ti misma. Estábamos rodeados de barreras físicas. Teníamos que movernos sorteándolas y tratar de evitar al mismo tiempo la sensación de claustrofobia. Cada vez que tomaba un objeto, me detenía maravillada a considerar su función. La vida humana era muy complicada; había máquinas para hervir el agua, enchufes que conducían la corriente eléctrica y toda clase de utensilios en la cocina y el baño pensados para ahorrar tiempo y proporcionar comodidad. Cada cosa tenía una textura distinta, un olor diferente: era como una fiesta para los sentidos. Saltaba a la vista que Ivy y Gabriel habrían deseado librarse de todo aquello y regresar 
al gozoso silencio, pero yo disfrutaba de cada detalle y de cada momento por mucho que a veces me resultara un poco abrumador.
Algunas noches recibíamos la visita de un mentor sin rostro y con túnica blanca, que aparecía sin más sentado en una butaca del salón. Ignorábamos su identidad, pero sabíamos que actuaba como mensajero entre los ángeles de la tierra y los poderes superiores. Iniciábamos entonces una sesión informativa durante la cual exponíamos los problemas de la encarnación física y obteníamos respuesta a nuestras preguntas.
—El casero nos ha pedido documentos de nuestra residencia anterior —dijo Ivy durante el primer encuentro.
—Nos disculpamos por el descuido. Nos ocuparemos de ello, dalo por hecho —respondió el mentor. Todo su rostro se hallaba velado, pero al hablar desprendía nubecillas de niebla blanca.
—¿Cuánto tiempo se supone que ha de pasar para que entendamos nuestros cuerpos del todo? —quiso saber Gabriel.
—Eso depende —dijo el mentor—. No tendrían que ser más que unas pocas semanas, a menos que se resistan al cambio.
—¿Qué tal les va a los demás emisarios? —Ivy parecía inquieta.
—Algunos, como ustedes, se están adaptando todavía a la vida humana, y otros ya se han lanzado directamente a la batalla —contestó el mentor—. Hay algunos rincones de la Tierra plagados de Agentes de la Oscuridad.
—¿Por qué me da dolor de cabeza el dentífrico? —pregunté yo. Mi hermano y mi hermana me echaron un vistazo con aire severo, pero el mentor permaneció imperturbable.
—Contiene una serie de ingredientes químicos muy potentes para matar las bacterias —dijo—. En una semana esos dolores de cabeza deberían haber desaparecido.
Cuando terminaban las consultas, Gabriel e Ivy se quedaban siempre a charlar aparte y yo no dejaba de preguntarme qué sería lo que yo no podía escuchar. 

El primer y principal desafío era cuidar de nuestros cuerpos. Eran frágiles. Precisaban alimentos y también protección frente a los elementos externos; el mío más que el de mis hermanos porque yo era joven. Aquella era mi primera visita y no había tenido tiempo de desarrollar ninguna resistencia. Gabriel había sido un guerrero desde el albor de los tiempos
E Ivy había recibido una bendición especial y poseía poderes curativos. Yo era mucho más vulnerable. Las primeras veces que me aventuré a dar un paseo, regresé tiritando porque no había caído en la cuenta de que no llevaba ropa adecuada. Gabriel e Ivy no sentían el frío, aunque sus cuerpos también requerían mantenimiento. Al principio nos preguntábamos por qué nos sentíamos desfallecidos a mediodía; sólo luego comprendimos que nuestros cuerpos precisaban comidas regulares. Preparar la comida era aburridísimo y, al final, nuestro hermano Gabriel se ofreció gentilmente a encargarse de ello. Había una buena colección de libros de cocina en la biblioteca y tomó la costumbre de estudiarlos detenidamente por las noches.
Reducíamos nuestros contactos humanos al mínimo. Hacíamos la compra a horas intempestivas en Kingston, un pueblo más grande que quedaba al lado, y no le abríamos la puerta a nadie ni descolgábamos el teléfono si llegaba a sonar. Dábamos largos paseos cuando los humanos estaban encerrados tras las puertas de sus casas. A veces íbamos al pueblo y nos sentábamos en la terraza de un café para observar a los transeúntes, aunque fingíamos estar absortos en nuestra propia charla para no llamar la atención. La única persona a la que nos presentamos fue el padre Mel, el sacerdote de Saint Mark‘s, una pequeña capilla de piedra caliza situada junto al mar.
—Cielos —dijo al vernos—. Así que habéis venido al final.
Nos gustó el padre Mel porque no nos hacía preguntas ni nos pedía nada; simplemente se sumaba a nuestras oraciones. Confiábamos en que, poco a poco, nuestra sutil influencia en el pueblo hiciera que la gente volviera a conectarse con su espiritualidad. No esperábamos que se volvieran fieles practicantes y que acudieran a la iglesia todos los domingos, pero queríamos devolverles la fe y enseñarles a creer en los milagros. Con que se limitaran a entrar en la iglesia, de camino al supermercado, para encender un cirio, ya nos contentaríamos.
Venus Cove era una soñolienta población costera: el tipo de lugar donde todo sigue siempre igual. Nosotros disfrutábamos su tranquilidad y nos aficionamos a pasear por la orilla, normalmente a la hora de la cena, cuando la playa estaba casi desierta. Una noche fuimos hasta el embarcadero para contemplar los barcos amarrados allí, pintados con colores tan llamativos que parecían sacados de una postal. Hasta que llegamos al final del embarcadero no vimos al chico solitario que había allí sentado. No podía tener más de diecisiete años, aunque ya era posible distinguir en él al hombre en el que habría de convertirse con el tiempo. Llevaba unos pantalones cortos de camuflaje y una camiseta blanca holgada y sin mangas. Sus piernas musculosas colgaban del borde del embarcadero; estaba pescando y tenía al lado una bolsa de arpillera lleno de cebos y sedales. Nos detuvimos en seco al verlo, y habríamos dado media vuelta en el acto si él no hubiera advertido nuestra presencia.
—Hola —dijo con una franca sonrisa—. Una noche agradable para caminar.
Mis hermanos se limitaron a asentir sin moverse del sitio. A mí me pareció que era muy poco educado no responder y di unos pasos hacia él.
—Sí, es cierto —dije.
Supongo que aquél fue el primer indicio de mi debilidad: me dejé llevar por mi curiosidad humana. Se presumía que debíamos relacionarnos con los humanos, pero sin entablar amistad con ellos ni dejar que entraran en nuestras vidas. Y yo ya estaba en aquel momento saltándome las normas de la misión. Sabía que debía quedarme callada y alejarme sin más, pero lo que hice, por el contrario, fue señalar con un gesto los sedales.
—¿Has tenido suerte?
—Bueno, lo hago para divertirme —dijo, ladeando el cubo para mostrarme que estaba vacío—. Si pesco algo, lo vuelvo a tirar al agua.
Di otro paso hacia delante para verlo más de cerca. Su pelo, castaño claro, tenía un brillo lustroso a la media luz y le oscilaba con gracia sobre la frente. Sus ojos, claros y almendrados, eran de un llamativo azul turquesa. Pero lo que resultaba del todo fascinante era su sonrisa. O sea que era así como había que sonreír, me dije: sin 
esfuerzo, de modo espontáneo y decididamente humano. Mientras seguía observándolo, me sentí atraída hacia él por una fuerza casi magnética. Sin hacer caso de la mirada admonitoria de Ivy, di un paso más.
—¿Quieres probar? —me dijo, percibiendo mi curiosidad, y me tendió la caña.
Estaba devanándome los sesos para encontrar una respuesta adecuada cuando Gabriel respondió por mí:
—Vamos, Bethany. Hemos de volver a casa.
Sólo entonces advertí el modo formal que tenía Gabriel de hablar, comparado con el del chico. Las palabras de Gabriel parecían ensayadas, como si estuviera representando la escena de una obra de teatro. Eso era probablemente lo que él sentía. Sonaba igual que los personajes de esas viejas películas de Hollywood que había visto en la investigación previa.
—Quizás otro día —dijo el chico, captando el tono de Gabriel. Yo me fijé en las arruguitas que se le formaban en el rabillo de los ojos al sonreír. Algo en su expresión me hizo pensar que se estaba riendo de nosotros. Me alejé a regañadientes.
—Eso ha sido muy grosero —le dije a mi hermano cuando el chico ya no podía oírnos. Me sorprendí a mí misma al decirlo. ¿Desde cuándo nos preocupaba a los ángeles dar una impresión de frialdad? ¿Desde cuándo había confundido yo los modales distantes de Gabriel con la pura y simple grosería? Él estaba hecho así: no se sentía a sus anchas con los humanos, no entendía su modo de ser. Y no obstante, yo le estaba reprochando precisamente su falta de rasgos humanos.
—Hemos de andarnos con cuidado, Bethany —me explicó, como si le hablara a una cría desobediente.
—Gabriel tiene razón —añadió Ivy, que siempre se aliaba con nuestro hermano—. Todavía no estamos preparadas para mantener contactos humanos.
—Yo sí —dije.
Me volví para echarle un último vistazo al chico. Aún seguía mirándonos y sonriendo.

sábado, 28 de abril de 2012

Introducción

La llegada inesperada de los hermanos Church, Gabriel, Ivy y Bethany, supone un revuelo en la pequeña población de Venus Cove. Son extremadamente bellos, inteligentes y misteriosos. ¿De dónde vienen? ¿Dónde están sus padres y por qué sobresalen sea la que sea la actividad que emprenden? Los tres son en realidad ángeles con la misión de salvar al mundo de su inminente destrucción. Tiene instrucciones claras: no deben formar vínculos demasiado fuertes con ningún humano y deben esforzarse en ocultar sus cualidades sobrehumanas. Pero Beth, la más inexperta, rompe una de las reglas sagradas: se enamora de Xavier Woods, el chico más guapo del colegio e incluso llega a revelarle su secreto. Y será entonces cuando deba tomar una decisión definitiva: desafiar la voluntad del Cielo y entregarse a él completamente o no, además de enfrentarse a las fuerzas oscuras que pretenden tomar Venus Cove como primer paso para su plan de destruir a la humanidad. Ivy, Gabriel y Xavier deberán unir sus fuerzas para salvarla y utilizar sus poderes para hacer el bien para contrarrestar a las poderosas